ES sabido que la izquierda tiene un problema con la realidad. Se ha pasado un siglo y medio mirando de ceñirla a sus esquemas, ora encorsetándola hasta la asfixia por la vía socialdemócrata, ora sajándola, amputándola, descuartizándola por la vía comunista. Define a ese espacio ideológico una voluntad tal de intervención, que no tiene igual en materia de ingeniería social. Tras tantas décadas reivindicándose humanistas y herederos directos de las Luces, se avergüenzan ahora del presunto legado sumándose a la silvestre denuncia —entre new agey animalista— del antropocentrismo, y aun a la más delirante del logocentrismo, estafa intelectual y cicuta filosófica que deben a la filosofía posmoderna. Desde entonces no ven bien que el hombre sea el centro del mundo y abominan de cualesquiera intervenciones humanas, salvo las que ellos mismos practican concienzudamente sobre los otros hombres, sobre su trabajo y su placer, sobre su sentido de culpa y su conciencia, sobre su propiedad y su fe, sobre su nacimiento, su muerte y su lenguaje. Al punto que no podrán leer la frase anterior sin tenerla, ante todo, por machista, al utilizar «hombre» como lo que es (primera acepción del DRAE: «Ser animado racional, varón o mujer»). No es extraño que las mentes más estimuladas del pensamiento posmoderno condenen, junto con el logocentrismo, el falocentrismo; de algún modo (giro típicamente posmoderno), vendrían a ser lo mismo.
Esta deriva demencial de lo que fue una poderosa cosmovisión, podría parecer divertida si no fuera porque, en su viaje a ninguna parte, arrastra a maestros de escuela, profesores universitarios, periodistas, escritores, cineastas, actores, artistas plásticos y empresarios filantrópicos. La hegemonía «cultural» apenas se ha alterado a pesar del cataclismo que supuso para el llamado progresismo el hundimiento del bloque del Este. Sólo quien no haya vivido o leído aquellos años puede oponer aquí la esencial diferencia entre izquierda democrática y comunismo. La diferencia existe, ciertamente, pero también existió un robusto y sostenido estado de opinión favorable a la URSS en Occidente, parido por Willy Münzemberg, difundido por sus epígonos y adoptado por el grueso de la intelectualidad europea y norteamericana. La percepción durante la Guerra Fría, tanto en la opinión pública como en los analistas, se inclinó en muchos momentos por el triunfo del «socialismo real». Obras como La miseria del historicismo, escrita en los años cincuenta por Karl Popper y que anticipaba el hundimiento del comunismo por razones que cabe calificar de metodológicas, constituían una auténtica excepción y un análisis contra corriente. El actual pope de los indignados, Stéphane Hessel, ha lamentado la falta del «contrapeso» comunista, y lo más granado del progrerío siguen dando por buenas las razones de la criminal dictadura castrista. Sí, la caída del Muro fue un cataclismo —y el principio de una orfandad no superada— para la izquierda toda: la extrema que hoy hoza en la indignación y la del esforzado Hollande. Del PSOE ni hablo.
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